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lunes, 20 de febrero de 2012

El cuenta historias




Marco llevaba seis meses y un día sin inspiración,  desde que vio pasar por la calle mayor camino del cementerio,  el catafalco con los restos de su amada Leonor.   Desde aquel día su vida se había quedado vacía, era como si su alma se hubiese  ido  con su amada.  
Todos los días salía del covachón que le servía de morada. Un lugar  lúgubre, medio desconchado, sin ventilación, era su último refugió desde que no tenía inspiración.
 Marcos era el segundón de una rica  familia blasonada. El primero era el heredero, el segundo el destinado a la clerecía y en este caso no hubo más que cinco hermanas a las que hubo que dotar. Por lo que el peor parado fue Marcos, que sin comerlo ni beberlo se vio en el seminario de Astorga, donde aprendió a escribir y el significado de la palabra hambre en todas sus definiciones.  Para evadirse de ella comenzó a divagar su mente en historietas en las que  se imaginaba  recorriendo otros mundos y desempeñando otros trabajos. Nunca sabremos si tales historias hubieran sido dignas de alabanza, pues nunca pasaron al papel.
En una pequeña excursión por la ciudad se topó con una mozuela muy resuelta, además de bella,  de la que se quedó prendado.  La moza se sonrojo a su  mirada y no tardando mucho se  perdió por los portales con su  seminarista, robándose besos y algún roce,   digno de un buen confesionario.
 Marcos loco de amor por la joven  colgó los hábitos  y  la familia, que no aceptaron  que los fuera a condenar por no tener un clero que les rezase.
Se colocó  en una taberna donde a parte de palos recibía unos maravedíes, con los que pensaba llevarse a su Leonor a compartir tan mísera  vida. Lo que no sabía él,  es que Leonor además de requebrar con él también ponía oídos a un rico comerciante, que además de mucho dinero también poseía unos cuantos años más que ella.
Marcos se quedó sin su amor  y la prometedora carrera clerical en apenas unos meses. 
Quiso pasar por la taberna un escribano que necesitaba de un muchacho del que se ayudase para su oficio y Marcos se ofreció,  para tal fin. Con el cambió gano en calidad de vida. Le motivó a  que a  la afición de  inventar historias se le uniera   la de escribirlas.  No tardando  en interesar a un editor, que las publico mensualmente lo que le supuso unos maravedís extras. El público se aficiono a estas novelitas y las fue pidiendo con más asiduidad. Lo que le supuso tener que escribir una semanalmente. Nunca tubo problemas en  escribirlas, si estaba un poco falto de inspiración espiaba a su querida Leonor y la imaginación se aliaba con su pluma.
Llegó a tener una  habitación  en una posada,  donde no le faltaba  la buena comida, ni la cama limpia.  Mas todo esto se marcho con su amada  camino del cementerio. Todos los días iba hasta su  fría losa, donde su inspiración  se helaba cada día más. Pronto perdió todos los privilegios que tenía y fue a parar a esa humilde covacha, donde no veía la luz, igual que su mente.
 Había comenzado a beber,  quizás más de la cuenta. Un poco  para olvidar y otro poco para calentarse.  Todos los días se ponía enfrente de las cuartillas blancas y por la mañana seguían más blancas, si les descontamos los pringones de vino.
 Aquel día había estado en el cementerio y una suave capa de nieve había cubierto la blanca piedra de mármol donde reposaba Leonor. Él intentó  limpiarla,  para que la nieve no borrase el nombre amado, mas cada vez los copos eran más grandes al cabo de unas horas los enterradores lo habían sacado a rastras del cementerio y lo habían dejado en el poyete de entrada, medio muerto de frio. No supo cuanto tiempo estuvo allí,  hasta que pasó por allí un pobre hombre,  que se lastimo de él. Lo recogió y se lo llevó a su casa, donde le preparo un vino caliente con azúcar y lo cubrió con una manta. Allí estuvo un par de horas hasta que reaccionó y entró en calor, dándole las gracias se despidió del  benefactor y se dirigió a su covacha.  
Como todos los días se sentó delante de las cuartillas blancas, donde estuvo un buen rato sin logar escribir un párrafo. Al día siguiente vio asombrado que dos de las cuartillas estaban llenas de una bonita caligrafía con una historia muy interesante.  Él no recordaba nada de  lo escrito, además la caligrafía estaba seguro que no era suya. Al día siguiente le pasó lo mismo y así  durante un mes. Intrigadísimo por el fenómeno tan raro que le estaba pasando decidió estar toda la noche en vela y esa noche  las cuartillas estaban vacías. Pensó que tal vez era sonámbulo, mas no estaba muy  seguro del misterio.
La obra que  sin saber cómo se estaba escribiendo  era genial, una verdadera  obra maestra. Todos los días la leía y releía con gran entusiasmo por ver sí,  se acordaba de algo, pero había llegado a la conclusión,  que tal vez él no fuese el autor.  Cuando solo quedaba un capitulo,  para acabarse en la última frase de la novela se despertó. Vio  a un hada azul diminuta que usando su pluma escribía sin inquietarse. La sensación fue tan maravillosa al ver a aquel ser diminuto y tan bello,  que sin querer se durmió  profundamente. Al cabo de una semana los vecinos al no  saber nada de Marcos inquietos abrieron su habitáculo y lo encontraron muerto  reposando encima de la mesa, junto con gran número de páginas escritas, atadas con una cinta de raso.  Como no sabían leer ninguno no le dieron importancia al  manuscrito.  Al día siguiente del entierro el dueño hizo una almoneda con las escasas pertenencias de Marcos, con el fin de recuperar parte del dinero debido por el finado.
Pasó por allí un  noble que le llamó la atención aquel manuscrito y se lo compró por un maravedí. Al llegar a casa lo leyó  y quedó prendado de la novela, se durmió pensando en que al día siguiente lo daría a conocer. Por la mañana apareció muerto en su cama a causa de un infarto. Pasaron sesenta años en los que el manuscrito siguió guardado en la polvorienta biblioteca del difunto noble, cuando un nieto de éste  tiro la vieja casa heredada, para hacerse otra más moderna. Viendo que la biblioteca de su abuelo era una pieza muy valorada por otros,  no por él,  aceptó la oferta de un anticuario de Londres, que se la llevó integra.
Haciendo inventario de las piezas adquiridas descubrió el polvoriento manuscrito, que una vez leído le maravillo. Se puso en contacto con un editor de la ciudad y fue publicado bajo seudónimo adquiriendo gran fama en poco tiempo.
Hoy en día es una de las obras más valoradas de la literatura clásica.                 

1 comentario:

El Guardián de la Mazmorra dijo...

Una trágica historia que demuestra que lo importante no es cómo se empieza, sino cómo se acaba. Me ha gustado, Margarita. Gracias por el detalle. Me alegra haber colaborado un poco en la inspiración.