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domingo, 25 de enero de 2015

Una Navidad diferente

Una Navidad diferente

Colasa y Juan Zancuda daban las campanadas en el reloj de la plaza mientras Damián los observaba atentamente. Hacía tanto tiempo que no se paraba a contemplarlos que casi se maravillaba,  lo mismo que cuando era un niño y le fascinaba verlos, las pocas veces que subía con su madre a la plaza.
Una lágrima solitaria asomó en sus azules ojos. Fue una decima de segundo pero la tristeza se apodero de su alma.
Ayer había enterrado a un compañero de clase, aunque hacía mucho que había perdido el contacto con él. La casualidad quiso que se encontraran  un día,  unos meses antes y volvieran a entablar amistad. Él le había confesado que estaba muy enfermo de cáncer que solo le quedaba,  unos pocos meses de vida. Le habló de su familia, del pequeño Tomás su nietecito de apenas un año, su única pena,  era no verle crecer,  le había comentado.
Lo que fue un encuentro fortuito se fue configurando en una solida amistad y era frecuente verlos pasear por las calles en anidada conversación.
Damián respiró hondo  e intentó borrar de su mente el recuerdo de su amigo, paseó la mirada por la habitación y sus ojos se posaron en la foto de su hija vestida de comunión. La cogió entre las manos y dando un suspiro la contemplo a la luz  que se filtraba por la ventana. Su hija era preciosa pensó orgulloso, solo habían pasado cinco años desde la comunión pero ahora  era la sombra de aquel angelical retrato, ese pensamiento le lacero el costado.
Con el retrato en la mano corrió la cortina y volvió a mirar para la plaza esta vez no se fijó en el reloj,  buscaba más abajo entre las sillas  de las terrazas que últimamente habían ocupado casi toda la plaza. No tardó en descubrir lo que estaba buscando.  Un grupito de  gente sentada alrededor de una mesa repleta de bebida y platos de tapeó. Eran tres mujeres de mediana edad y un chico de unos treinta años. Todos estaban en animada conversación.   Desde la distancia en la que se encontraba apenas podía percibir alguna palabra suelta, él no sabía de qué estaban hablando pero  enseguida descubrió que su mujer era una de las animadoras de la tertulia. Poco a poco todos se fueron levantando de la mesa y la última en hacerlo fue Luisa, su mujer, También observó que fue ella la que abonó la cuenta de las consumiciones.


Damián miró el reloj de bolsillo y faltaban unos minutos para la medía,  era la única herencia de su padre.
Él procedía de una familia humilde,  su padre había trabajado las tierras de la familia y para ayudar a la escasa economía familiar ayudaba a un vecino que se dedicaba a  la albañilería, cuando sus tierras requerían pocos cuidados.
Aun así,  en esa casa no se llegaba a fin de mes y su madre tenía que hacer  demasiados equilibrios para añadir algo más que unas patatas al menú  diario. La última en comer siempre era ella por lo que enseguida enfermo del pecho y un frio día de invierno se apago entre vómitos  de sangre.
Su hermana mayor  Raquel con apenas doce años  se las tuvo que entender con cinco hermanos menores y un padre roto de dolor.  Su hija  se le parecía mucho, volvió a coger la foto  y con la yema de los dedos acaricio el infantil rostro tan querido e intentó marcar como si de un rotulador se tratase los puntos en los que su hija le recordaba a su hermana. Los pómulos eran una de esas partes, los ojos azules que compartían los tres era otro punto. Su mente voló hasta otra época y vio a su hermana doblada como un junco cargando a su hermano menor de unos dos años y en  la  otra mano un barreño de  ropa  camino de la Moldera.
Volvió a mirar para la plaza intentando olvidar los dolorosos recuerdos que hoy le asaltaban en la cabeza, a fuerza de esconderlos,  pensaba que dejarían de existir.
Oyó el ruido de la llave girar en el bombín y no tardo en sentir llegar a su mujer, el olor dulzón de su perfume embriagó toda la estancia antes de ella asomar en el salón,  a pesar de que ya había cumplido los cincuenta años seguía siendo una mujer atractiva, llevaba un traje de paño negro ajustado a la cintura,  una blusa de seda rosa palo, la melena suelta,   muy cuidada, la tez morena  y unos ojos color miel que siempre le habían vuelto loco.
Damián se preguntaba qué cuánto tiempo había pasado desde que  había dedicado unos segundos en deleitarse contemplando a su bella esposa.
Haciendo memoria solo recordaba aquel lejano día en que habían chocado en su oficina. Era la nueva secretaria y  fue cuando la vio por primera vez, luego le dijeron que Luisa ya llevaba trabajando en la empresa dos meses.  Desde ese momento supo que era la mujer por la que  había esperado tantos años.
No fue difícil conquistarla ella también se había sentido atraída por  él y en apenas un año se habían casado. Ella al principio siguió trabajando conjuntamente con él  así estuvieron ocho años en los que habían logrado duplicar la producción de su fábrica  y asentarse  como una empresa líder en el sector.
 Un buen día cuando ya habían perdido las esperanzas Luisa descubrió casi por casualidad que estaba embarazada. Entre los dos decidieron que era mejor que ella se quedase en casa para que la pequeña estuviese bien cuidada. No supo en qué momento fue cuándo ellos dos se distanciaron,  tanto que ya no se conocían.
El timbre de la puerta sonó cuando el reloj de la plaza daba las tres de la tarde. Su hija asomó por la puerta del salón. 
La joven que sé encontró casi no la reconoció llevaba unos leguis negros ayustados, una camiseta demasiado corta, zapatos de tacón, bolso, gafas de sol que ocultaban unos azules ojos demasiado maquillados. Damián se preguntó si no se habría equivocado y mentalmente  contó los años de su hija, sí, efectivamente le salían solo doce. Su hija se le acercó y le rozó un beso en la mejilla, luego se sentó en la mesa hablando muy animada con su madre, él hizo lo mismo.
-¡Papá! ¡Papá! Estas Navidades vamos a Tailandia de viaje.
-Hija yo este año prefiero pasarlas en casa, podemos invitar a mi hermana Raquel a cenar con nosotros.
- Yo quiero ir a Tailandia, Maruchi estuvo este verano y me dijo que era precioso.
-Sí, mi tesoro vamos donde quieras,  papá si no quiere que no venga.
-Yo digo que no que este año nos quedamos aquí con mi hermana, hace poco que se quedó viuda y no me apetece dejarla sola.
-Bueno Damián lo que me faltaba quedarnos con tú hermana, que no tiene clase, además no tengo ganas de escuchar lamentaciones, ¿no ves que tu hija está llorando?
La conversación fue interrumpida por el sonido del timbre, era un niño de unos diez años con su madre que estaba pidiendo limosna. Luisa al verlos los echó de allí malhumorada, mientras su hija perfumaba la sala con grandes aspavientos de asco.
Damián dando un portazo salió de su casa cabizbajo.
Una semana después dos agentes de policía desalojaban a la familia de Damián por embargo de todos sus bienes.
Al principio la madre y la hija descargaron su ira contra su padre, pero una vez que comprobaron que todas las personas que ellas creían sus amigos les negaban el saludo o miraban para otra parte se dieron cuenta de que solo se tenían ellos.
Veinticuatro de diciembre
Damián se acercó a la claraboya desde la que solo se veía el reloj con los maragatos, instintivamente sacó el reloj de bolsillo y comprobó que eran casi las diez de la mañana. Miró a su alrededor y en un colchón en el suelo dormía plácidamente su hija se fijó en su angelical rostro y esta vez sí, descubrió la ternura de una niña de su edad, en otro colchón muy cerca de ella rebullía desperezándose su mujer. Se volvió y su vista se perdió entre las torres del ayuntamiento, descubrió que una fina capa de nieve  había cubierto los pináculos del ayuntamiento,  durante la noche. No pudo evitar que una sombra melancólica se apoderase de su espíritu.
Luisa se acercó a su marido  que  miraba por el ventanuco y le rodeo la cintura con sus brazos,  hundió su cara en su espalda. Le gustaba empaparse de su varonil olor y durante demasiados años lo había olvidado. Recordó lo dañina que había sido con su marido al principio de perder todo la rabia que le había demostrado, lo grosera que había sido con él quizás cuando él más lo necesitaba. Luego se le cayó la venda de los ojos fue un día que ella cruzaba la plaza y descubrió a sus amigas sentadas en la misma mesa de la terraza que solían compartir, esta vez su sitio lo ocupaba su peor enemiga, Lourdes,  la que siempre estaba a cizañando contra ella, se dirigió al grupo pero cual no fue su sorpresa que antes de llegar  a la mesa,  se levantaron todas y se escabulleron por las bocacalles adyacentes sin ni siquiera saludarla, ni dirigirle unas palabras de apoyo. Ella que tantas veces las había invitado a las consumiciones, mejor dicho  no recordaba cuándo habían pagado por última vez. A  raíz de este incidente recapacito en  su comportamiento, vio que lo que de verdad importaba,  era su familia y ahora era la hora de salir adelante, ayudar a Damián y a su hija. A la que no supo trasmitirle más valores que los materiales.
Al principio se fueron a vivir con su cuñada pero eran demasiados en aquella pequeña casa, fue cuando a Damián se le ocurrió adecentar el trastero de su antiguo hogar y con lo que encontraron el él y cosas que les dio  Raquel lograron construir un pequeño mundo alejado del frio de las calles.
 Ahora Damián se estaba dejando llevar por la tristeza y ella no se podía permitir flaquear.
Llamó a su hija y una vez vestidos les calentó un poco de leche, en  un camping gas y salieron todos con dirección a una institución de caridad que les habían citado para el reparto de alimentos para la cena de Noche Buena.
Una vez llegaron tuvieron que hacer cola para que les llegase el turno. La niña cansada se alejó y se juntó con otros jóvenes y estaban en animada conversación, fue cuando se percató de que en la  esquina próxima una  mujer joven andaba con dificultad, iba acompañada por un joven que intentaba sujetarla, pero apenas podía con ella.
La niña se acercó e intentó interesarse por su estado, le dijeron que estaba con dolores de parto pero que tenían que acercarse a la cola para recibir los alimentos que tan escasos estaban de ellos,  pues  en casa había quedado otro niño de dos años, al cuidado de una buena vecina.
 La joven que dijo llamarse María salió de casa con pequeñas molestia mas no  había querido decirle nada a su pareja,  para no asustarlo. Ahora eran verdaderas contracciones de parto.
La niña ayudo a acercarse a la pareja a la cola y se lo dijo a su mamá:
-Mamá  mira esta pareja, me dan mucha pena ella está de parto y él apenas tiene fuerzas para cuidarla, además tienen otro niño en casa ¡mami sí, pudiéramos ayudarle!
Luisa se acerco a la pareja y se quedó con la mujer mientras él iba en busca de los alimentos.
Damián que estaba distraído hablando con unos no se percató de nada hasta que se lo contó su mujer toda afligida. Luisa se había ofrecido a cuidar del otro niño y se disponía a  llamar a una ambulancia que trasladase  a los padres al hospital.
-Damián es una pena que no tengamos dinero como antes para ayudarles.
Damián abrazando a su mujer y con lágrimas en los ojos le confesó la verdad,  todo había sido una treta para recuperar a su familia y de rodillas le  pidió perdón por llevarlas a esa extrema experiencia.
Luisa y su hija lo abrazaron y le llorando se excusaron por haberse dejado llevar por lo material y no haber sabido distinguir lo más importante, que era  tener personas queridas a su alrededor.
La cena de Noche buena la compartieron con muchos de los amigos que habían conocido y con la hermana de Damián.
María al llegar al hospital tuvo a un precioso niño al que puso por nombre Jesús.

Damián cumplió su promesa y contrató al marido en la fábrica y les ayudo en todo lo que pudo.

sábado, 31 de marzo de 2012

El GATO MICIPUCHI


El GATO MICIPUCHI

En una lúgubre biblioteca todos los días desaparecía  un libro. La vieja y solitaria bibliotecaria, no sabía  qué  era, lo que estaba  pasando. En los cincuenta años que lleva al cargo de ella, nunca le había pasado nada parecido. Claro que antes eran otros tiempos. Tiempos en los que las salas estaban llenas de gente, de niños haciendo los deberes, niños corriendo por los pasillos y multitud de gente que iba a sacar libros, a leer allí, a consultar.  En la biblioteca trabajaban además de Berta otras tres personas más. Poco a poco la gente dejó de venir y los otros compañeros dejaron  de  trabajar.  Sólo Berta seguía impertérrita yendo  todos los días a la biblioteca, últimamente se apoyaba en un bastón.
Pero lo verdaderamente raro y que la traía de cabeza eran las desapariciones de los libros. Alguna vez había tenido algún ratón que le mordisqueaba alguno, más esta vez se había fijado y no había ni rastro de roeduras.
 Un día hablando con la anciana  de la casa de al lado le ofreció que se llevase al gato. Berta recogió al gato de casa de su vecina y lo metió en una cesta, que tapó con un mantón, y se lo llevó con ella camino de la biblioteca.
El gato una vez libre olisqueó el suelo y pronto descubrió un hueco por el que podía entrar un ratón.
Se tumbo cerca del hueco y se quedó mirando fijamente para él. Berta que ya no tenía mucha agudeza de vista no se percató del hueco y llamando vago al gato lo obligó a que inspeccionara las salas en busca de ratones. El gato llamado Micipuchi,  olisqueó todas las salas sin encontrar más rastro de los ratones. Como el gato era muy viejo y duro de oído, además de algo olvidadizo pronto se olvido de donde había encontrado el hueco que le olía a ratón.
Berta le preparo un gran cuenco de leche con galletas que enseguida engullo y  no tardo en dormirse plácidamente.
  La bibliotecaria viendo que el gato estaba dormido  y mirando por la ventana vio que el día ya estaba acabando,  por lo que recogió su abrigo, su bufanda y sus guantes de lana y se marcho  a  su casa.
Al día siguiente comprobó como el gato aun seguía durmiendo plácidamente en el mismo sitió,  que lo había dejado el día anterior. Al revisar las salas  cual no sería su sorpresa que esta vez faltaba el libro del Quijote. No se lo podía creer esta vez el libro era de un tamaño considerable,  además de ser una joya, pues era de  una primera edición. Había sido un regalo de uno de los benefactores,  de antes de que ella llegase a trabajar,  en la biblioteca.  Berta se llevó un gran disgusto, ella había cuidado esa joya con gran esmero, le quitaba el polvo y le proporcionaba un insecticida especial para que no acabasen con él los insectos. Y ahora había desaparecido misteriosamente.
Pensó  en el  gordo gato.  L o buscó  y lo encontró durmiendo donde lo había dejado el día anterior.  Le propino una patada que el pobre felino no pudo  evitar. El gato desapareció en una decima de segundo,  de junto a la malhumorada Berta.
Ésta,  una vez recapacitó,  pensó que se había dejado llevar por la ira y el pobre gato,  no era  merecedor de semejante trato,  por parte de ella. Buscó  al pobre Micipuchi,  éste pensando en que le esperaba otro sonoro puntapié,  puso los pies en Polvorosa. Berta más calmada y con sumo tiento le preparo un abundante tazón de leche con galletas,  que le fue acercando al animal con mucha precaución, hasta que le gato más confiado se  acercó a beberla.
Berta le hablo con mucho cuidado y le explicó  lo acontecido  la noche anterior. Le habló de lo  preocupada que estaba por la desaparición del valioso libro. En un momento determinado Berta acarició el lomo del gato. Éste tenía un suave pelo negro con una mancha blanca debajo de la barriga, lo que le daba una bonita apariencia. Berta recogió al animal y se sentó en una  mecedora que tenía en medio de una sala,  donde pasaba las largas y aburridas horas a la espera de los pocos  usuarios,  que de vez en cuando llegaban a la biblioteca,  en busca de algún libro. El felino poco a poco se relajó  encima del regazo  de Berta y a punto  estuvo de dormirse. Fue cuando Berta  tal vez a causa de la soledad que tenía o  que a nadie tenía,  para contarle sus cosas, comenzó a contarle todos los avatares de su vida al felino, que escuchaba con gran atención,  la soledad de la pobre mujer.
El gato que además de viejo,  era un gato muy sabio y con un don muy especial, la dejaba que recordase toda su vida.
 Cuando acabó el relato de su vida ya estaba oscureciendo, por lo que recogió su capa, sus guantes y se volvió a marchar, eso sí, pidiéndole al gato,  que esta vez vigilase bien y no se durmiese.
 Micipuchi se hizo el propósito de vigilar las salas a conciencia.  A eso de las doce de la noche cuando ya comenzaba el gato a dar cabezadas y pensar que no iba a descubrir nada anormal, vio como asomaba un pequeño ratón del hueco que había descubierto el primer día y que había olvidado. El ratón al ver al gato de guardia, sólo sacó la cabeza y viendo que el peligro era demasiado se volvió a meter en el agujero.
 Micipuchi se asomo al hueco, pero no podía entrar por él,  estaba demasiado gordo y el hueco era  muy pequeño de unos tres centímetros de alto por cinco  de largo. Alargo una pata por el hueco,  pero con ella no pudo alcanzar al sabio  ratón,  que viendo el peligro estaba en lo más apartado,  de su refugió.
El gato se sentó enfrente  de la vivienda del ratón bloqueándole  el paso, allí pasó toda la noche, hasta que llegó Berta. Esta nada más llegar revisó todas las salas comprobando emocionada,  que esta noche no había desaparecido ningún libro.
 Muy contenta por lo visto le preparó un enorme tazón de leche con galletas al gato y una vez acabado,  lo recogió en su regazo y lo acarició, no tardando el pobre gato en quedarse dormido.
La siguiente noche el gato Micipuchi se escondió detrás de  una papelera y espero atentamente con el corazón en un puño la llegada del ratón.
Una vez el reloj dio las doce.  El gato vio asomar el hocico del ratón,  por el hueco por donde se escondió la noche anterior.  El gato permaneció escondido, sin hacer el más mínimo ruido, casi  dejo de respirar.
El ratón estiro los bigotes y  olisqueo el aire por ver si le traía el olor a gato, como éste estaba algo alejado y parapetado detrás de la papelera, no detecto su presencia. El ratón  salió  de su escondite.
El gato Micipuchi no dio crédito a lo que veía, una vez fuera de su escondite el ratón se incorporó  y comenzó a andar sobre las dos patas de atrás. Llevaba unos pantalones de pana, una camisa de rayas y un chaleco amarillo. En la mano llevaba una linterna y del bolsillo de su chaleco colgaba una cadena,  de la que seguramente colgaría,   un reloj de bolsillo.  El gato pensó en que había visto alguna vieja fotografía con esa misma estampa, pero de algún humano,  no de un ratón.
El viejo Micipuchi se quedó paralizado, como atolondrado no se podía creer lo que veía.
El ratón muy tieso se encaramo por la estantería y ayudándose de la linterna estuvo buscando un libro. Se notaba de la pericia  a la hora de buscar un determinado libro, pues primero se dirigió a la letra Q  hasta que  encontró al autor  Francisco de Quevedo. Una vez localizado el autor busco el libro titulado Historia de la vida del Buscón don Pablos.  Lo cogió, con cuidado  descendió de la estantería con gran destreza.
Antes de llegar al suelo ya lo estaba esperando Micipuchi, sentado atusándose los bigotes.
El roedor, se sobresalto al encontrarse de sopetón con uno de sus mayores enemigos. Se puso  a temblar de miedo(los ratones siempre hacen lo mismo ante un gato)
Micipuchi, como era un viejo gato sabía como asustar a un ratón y llevárselo hacía su terreno, eran muchos años persiguiéndolos.
El ratón, una vez pasado el primer susto,  se dirigió al gato en estos términos:
-Señor don gato hágame el favor de dejarme pasar.
-Perdone usted creo que los años me han dejado un poco sordo, contestó el gato.
-Señor don gato mire usted llevó mucha prisa y no vamos a comenzar con la anticuada guerra de antes.
-Se refiere usted, al lejano tiempo en que los gatos comían a los ratones.
-Sí, no es eso,  lo que pretende con esa actitud.
-Ja, ja, ja esta usted de guasa, no pensara usted que yo pretendo comérmelo.
-Sí, no es esa la intención, no comprendo a qué me bloquea el paso.
-Es usted un ladrón de libros.
-Yo, un ladrón, no me haga usted reír.
-¡No, me lo negara! lleva usted la prueba refutable,  de su delito.
-Se, refiere usted al libro que llevó debajo del brazo.
-A eso  mismo, no osara negarlo.
-No, por dios evidentemente no puedo negar la presencia del libro.
-Entonces me dirá  usted  que pretende.
-Si, con sumo gusto. Mire usted estoy preservando del paso del tiempo a  estas joyas de la literatura española. Usted sabrá que apenas viene nadie a la biblioteca, la señora Berta es muy mayor y cualquier día dejara de venir ¿usted cree que alguien ocupara su puesto?
-Visto desde ese punto de vista creo que le sigo, pero no me ha contestado a la pregunta.
-¿cuál será el futuro de estos libros?
- No, se nunca lo he pensado.
-Pues yo se lo diré. La biblioteca es viejísima, ya tiene varias goteras que cada año son más grandes, las ventanas no ajustan, las paredes rezuman humedad    ¿cuántos años cree qué aguantara el edificio?
-Sí, tiene razón   pocos años.  El estado es demasiado deplorable.
-Mi intención es salvar los mejores libros, para que no se olviden en un futuro.
-¿Y cómo lo piensa hacer? Robándolos no es la mejor solución.
-Está usted  muy equivocado, mi intención no es robarlos.
-No logro comprender ¿qué quiere hacer con ellos?
-Sígame  por favor.
El gato siguió al ratón hasta la entrada del agujero,  por donde había visto salir al  ratón. Éste sacó una llave,  que llevaba en el bolsillo del chaleco y abrió una puerta oculta, que había justó encima del hueco.
Al abrirse la puerta el gato Micipuchi se sorprendió de lo  encontrado. Era una sala con todos los adelantos de la tecnología y en el centro de la sala una gran estantería, donde se encontraban apilados y perfectamente  conservados, una veintena de los libros robados en la biblioteca.  Allí estaban Cien años de Soledad, Platero y yo,  La Colmena, El romancero Gitano, obras de Mario Vargas llosa, Isabel Allende, etc.…
El ratón le explico que hoy día apenas se valoran las obras editadas en papel, todo el mundo lee las digitales y nadie se acuerda de su conservación, la biblioteca cada día está más abandonada y Berta pronto dejara de venir. Él se ha propuesto salvar todo lo que pueda, para las futuras generaciones.
El gato se ofreció a ayudarle en su empeño y los dos,  todos los días sacaban alguna obra para su colección.
Pasado algún  tiempo Berta dejo de ir  a la biblioteca y pasados unos años.  Un buen día hubo un derrumbe  quedando todo bajo los escombros.
 En su lugar  se  proyectó  levantar una Ludoteca,  para que los niños jugasen, sin tener peligro. Vino una gran excavadora  y limpió el solar dejándolo libre de escombros. Se levantó un gran complejo, con zona de juegos, sala de ordenadores y demás tecnología, sala para las mascotas  animadas, grandes almacenes.
UN día hubo un gran terremoto y el edificio construido,  con la más alta tecnología, con sistemas anti seísmo se derrumbo llevando al traste el gran proyecto de ocio. Al ir a valorar los daños acaecidos descubrieron la magnifica biblioteca lograda y conservada,  por el ratón y Micipuchi. Ellos dos aún  la seguían cuidando era el año 2328.

martes, 13 de marzo de 2012

SOY UNA SUPERWOMAN


Ring, ring, ring, ring............... el reloj despertador marcaba las siete de la mañana. Cristin alargó la mano,  le dio un manotazo,  que hizo que el reloj perdiera el equilibrio y  cayera de la mesilla de noche.
-¡Maldito reloj! Es imposible que sea la hora de levantarse, sí apenas llevó un rato durmiendo.
-¿Cristin no has oído el reloj?
-Sí, éste maldito trasto se ha estropeado.
-No, son las siete de la mañana.
-¡No, puede ser! Aun no he dormido lo bastante.
- Exactamente seis horas como todos los días.
La mujer refunfuñando se levanta  de la cama  medio sonámbula y se dirige  al aseo. Abre el grifo de la ducha, se quita el camisón y sin comprobar que haya llegado el agua caliente se mete en la ducha. Al primer chorro de agua helada se despeja y de un saltó salé de la ducha.
-¡Maldita sea! Otra vez me pasa, sí, es que no me entero.
-¿Qué te pasó? Le dice desde la cama su marido.
-Lo de siempre, que voy tan dormida, que no me entero de que aun no ha llegado el agua caliente.
-Siempre lo mismo, me das unos sustos, que un día me matas de un infarto.
- No serán muy grandes, pues tú no te levantas ni a la de tres.
- No empecemos  Cristin, sabes que  a mí me faltan dos horas para ir a trabajar.
 -Sí, pero podías ayudar más.
-Tú, con tal de que yo no duerma más,  eres feliz.
 Aun no se había acabado de duchar cuando uno de los gemelos, ya berreaba en su cuna.
 Cristin, con la toalla arrollada en su cuerpo, se dirigió a la habitación  donde uno de sus hijos la reclamaba.
-No te asustes mi pequeño, trato de tranquilizarlo mientras le metía el chupete en la boca.
 El bebé  se quedó tranquilo. Ella se vistió y se dirigió a la cocina. Llenó un vaso con leche que puso a calentar en el microondas, abrió un yogur, que comenzó  a comérselo con grandes cucharadas, luego  se tomó la leche con una magdalena. Todo ello sin sentarse mientras calentaba el agua para hacer la papilla de ocho cereales con miel, para sus gemelos.
Una vez hechas las papillas fue a la habitación de sus hijos cogió a uno de  ellos,  lo cargó en un brazo, mientras con  el otro brazo hacía  lo mismo con el otro bebé.
Se fue con ellos a la cocina, los sentó en sendas sillitas, donde les daba la papilla alternando una cucharada  a cada uno. En un determinado momento uno de ellos le escupió la  papilla,  poniéndose la carita y la silla  perdidas. Ella se apresuro a limpiar la carita del bebé  y la silla, para evitar que se ensuciasen más. Pero cuando estaba entretenida con la limpieza el otro niño cogió una cucharada de papilla y  la lanzó con tan buena puntería que fue a parar en la falda de su madre, que se había puesto limpia, para irse a trabajar.
Desesperada por como se desarrollaban los acontecimientos y mirando el reloj de soslayo y viendo la hora que era, se puso súper atacada de los nervios, lo que supuso, que los hijos al verla tan nerviosa comenzaran a llorar al unísono.
Una vez calmados y todo en orden se fue con los gemelos a la habitación, para vestirlos y ella se cambió de falda. Al dejar ésta en el cubo de la ropa sucia, lo vio que estaba  lleno. Decidió poner una lavadora, así, cuando viniese,  la tendría lavada y sólo la colgaría.
Una vez acabadas todas estas acciones miró el reloj las 7,45 h, sólo le restaban un cuarto de hora para coger el metro.
 Colocó a sus gemelos en la silla, se peino ella y se maquillo. Al versé en el espejo descubrió unas enormes ojeras, que no tenían solución. Sacó el rímel, el lápiz de ojos y con unos toques de maquillaje tapó todo lo que pudo los desperfectos o mejor dicho las escasas horas de sueño.
Al llegar al metro, justó cuando ella llegaba al andén, se cerraron las puertas del maldito convoy. Desesperada se quedó mirando el panel informativo, aun quedaban  diez minutos para el siguiente tren.
 Atacada  sacó un cigarrillo, casi nunca fumaba, y más desde que quedó embarazada, mas ahora lo necesitaba. Poco a poco la nicotina calmó sus nervios. Acabó el cigarrillo justo  cuando asomaba el tren  en el andén. Subió  a él con la sillita de sus hijitos. Buscó un lugar donde sentarse y poder acomodar la sillita de los niños. Allí le esperaba una hora de recorrido.
 A las nueve y diez el tren la dejó en su destino. Salió corriendo con dirección a la guardería de sus pequeños, donde los dejó. Se sintió mal al dejarlos allí solos, hasta las seis y medía ¿para eso había tenido a sus hijos?  No verlos   le causaba ansiedad. Con un nudo en el estomago se dirigió a su trabajo.
Ya pasaban dos minutos de las nueve y medía la hora en la que ella tenía que entrar.  Lo primero que vio fue a su jefe, con una burlona sonrisa.
-¡Qué hoy también los niños!
Ella no dijo  nada sabía que era mejor callar  y aguantar el chaparrón. El jefe estaba esperando una mala contestación o algún motivo, para largarla de su trabajo. Y ella sabía que  con la hipoteca y los gastos de los gemelos, el sueldo de su marido no llegaban a fin de mes.
 Aún tuvo que aguantar la mirada  de lascivia de su  jefe, mirándole el culo. Ella nunca  había mirado para atrás, pero sabía que él la seguía, hasta ocupar su silla en el despacho.
 Se sentó ante una torre de papeles, que mientras más archivaba más quedaban, así todos los días.
A la hora de la comida tenía una hora, para comer. Solía  juntarse con los compañeros e ir a comer en un bar, el menú. Mas últimamente ella solía llevar un tapé, con algo de ensalada y un bocadillo, que comía en un parque cercano, junto con otra en su misma situación. Eso, sí en época de verano, por los inviernos no le quedaba  más remedio,  que ir  con los demás compañeros al bar a comer el menú por diez euros.
 Una hora después, otra vez a seguir con ese mar de papeles, hasta las seis y media. A medía tarde, para que el  trabajo no  se hiciese tan pesado tomaban  un café, que alguno de los compañeros preparaba, en una cafetera eléctrica, que tenían  en la oficina. Eso sí, sin perder un minuto en tomárselo, que  enseguida salía el jefe con cara de malas pulgas.
 Cristin sorbió el café y sintió en su interior un gran placer, que la relajó y calmó.
Acto seguido vio  como su cuerpo se trasformaba, y una fuerza, que emanaba de su interior le daba unos poderes y unas habilidades, que nunca había sentido.
En un plis plas acabó aquella enorme torre de papeles, que tapizaba su mesa, además ayudó  a sus compañeros, cuando todo estaba acabado descubrieron que eran las seis y medía, la hora de salir.
Salió a la calle y descubrió que podía volar. Alargó una mano vio como se elevaba por los aires superando la altura de los edificios. Puso  rumbo a la guardería de sus hijos, una vez los recogió alzó el vuelo con un bebé debajo de cada brazo. Voló en dirección a su casa donde llegó en un segundo. Dio de merendar a sus hijos, esta vez tranquilamente jugando con ellos,  llevaba una hora de adelanto sobre el horario habitual. Dejó a los niños un ratito jugando en su habitación y ella aprovecho para colgar la ropa que había dejado lavando antes de irse. Descubrió que a la vez que pasaba la mano por las prendas estas secaban y quedaban libres de arrugas, por lo que acabó guardando la ropa en los armarios, miró el reloj y no había tardado más que dos minutos en esta ocupación. Preparo la cena en otro  segundo.  Al mirar para los azulejos de la cocina vio como de sus ojos se disparaban unos chorros de agua hirviendo,  que enfocados con destreza sobre los azulejos, éstos  quedaban limpios en un par de segundos.  Ya tenía la cocina limpia, siguió por toda la casa con aquella especie de vaporeta  incorporada y en un par de segundos tenía la casa como nueva.
 Miró el reloj  apenas habían pasado  unos diez minutos y pensó ya tengo  todo preparado y es prontísimo les voy a dar un paseo a los niños en el parque.
Se fue con los gemelos, jugo con ellos, se ensuciaron con la arena  y descubrió que nada más sacarlos del foso de la arena con pasarles la mano por encima de ellos, la arena era  atraída y lanzada hacía el infinito, quedado los niños relucientes.
Al llegar a casa, ya había llegado su marido. Bañaron a los niños, les dieron de cenar y los acostaron, luego se dedicaron tiempo a ellos. Cenaron  a la luz de las velas, bailaron, escucharon música y se mimaron.
Al desvestirse para acostarse ella descubrió como sus senos eran turgentes,  parecía que tenía dieciocho años y nunca hubiese dado el pecho a sus bebés. Su marido la observaba a contra luz  desde  la puerta. Se acerco a ella con ternura y la rodeó  la cintura atrayéndola hacía sí la beso y amo como  ya hacía  mucho tiempo.
 Al acabar descubrió,  que eso de ser una superhéroe, tenía muchas ventajas, no estaba cansada.
¡Qué suerte había tenido!
-¡Cristin! Pero habrase visto otra más grande, te voy  a despedir.
-¡Qué! ¡Qué pasa! dijo Cristin sobresaltada.
-¡Aún lo pregunta!  aquí no se viene a dormir. 

lunes, 20 de febrero de 2012

El cuenta historias




Marco llevaba seis meses y un día sin inspiración,  desde que vio pasar por la calle mayor camino del cementerio,  el catafalco con los restos de su amada Leonor.   Desde aquel día su vida se había quedado vacía, era como si su alma se hubiese  ido  con su amada.  
Todos los días salía del covachón que le servía de morada. Un lugar  lúgubre, medio desconchado, sin ventilación, era su último refugió desde que no tenía inspiración.
 Marcos era el segundón de una rica  familia blasonada. El primero era el heredero, el segundo el destinado a la clerecía y en este caso no hubo más que cinco hermanas a las que hubo que dotar. Por lo que el peor parado fue Marcos, que sin comerlo ni beberlo se vio en el seminario de Astorga, donde aprendió a escribir y el significado de la palabra hambre en todas sus definiciones.  Para evadirse de ella comenzó a divagar su mente en historietas en las que  se imaginaba  recorriendo otros mundos y desempeñando otros trabajos. Nunca sabremos si tales historias hubieran sido dignas de alabanza, pues nunca pasaron al papel.
En una pequeña excursión por la ciudad se topó con una mozuela muy resuelta, además de bella,  de la que se quedó prendado.  La moza se sonrojo a su  mirada y no tardando mucho se  perdió por los portales con su  seminarista, robándose besos y algún roce,   digno de un buen confesionario.
 Marcos loco de amor por la joven  colgó los hábitos  y  la familia, que no aceptaron  que los fuera a condenar por no tener un clero que les rezase.
Se colocó  en una taberna donde a parte de palos recibía unos maravedíes, con los que pensaba llevarse a su Leonor a compartir tan mísera  vida. Lo que no sabía él,  es que Leonor además de requebrar con él también ponía oídos a un rico comerciante, que además de mucho dinero también poseía unos cuantos años más que ella.
Marcos se quedó sin su amor  y la prometedora carrera clerical en apenas unos meses. 
Quiso pasar por la taberna un escribano que necesitaba de un muchacho del que se ayudase para su oficio y Marcos se ofreció,  para tal fin. Con el cambió gano en calidad de vida. Le motivó a  que a  la afición de  inventar historias se le uniera   la de escribirlas.  No tardando  en interesar a un editor, que las publico mensualmente lo que le supuso unos maravedís extras. El público se aficiono a estas novelitas y las fue pidiendo con más asiduidad. Lo que le supuso tener que escribir una semanalmente. Nunca tubo problemas en  escribirlas, si estaba un poco falto de inspiración espiaba a su querida Leonor y la imaginación se aliaba con su pluma.
Llegó a tener una  habitación  en una posada,  donde no le faltaba  la buena comida, ni la cama limpia.  Mas todo esto se marcho con su amada  camino del cementerio. Todos los días iba hasta su  fría losa, donde su inspiración  se helaba cada día más. Pronto perdió todos los privilegios que tenía y fue a parar a esa humilde covacha, donde no veía la luz, igual que su mente.
 Había comenzado a beber,  quizás más de la cuenta. Un poco  para olvidar y otro poco para calentarse.  Todos los días se ponía enfrente de las cuartillas blancas y por la mañana seguían más blancas, si les descontamos los pringones de vino.
 Aquel día había estado en el cementerio y una suave capa de nieve había cubierto la blanca piedra de mármol donde reposaba Leonor. Él intentó  limpiarla,  para que la nieve no borrase el nombre amado, mas cada vez los copos eran más grandes al cabo de unas horas los enterradores lo habían sacado a rastras del cementerio y lo habían dejado en el poyete de entrada, medio muerto de frio. No supo cuanto tiempo estuvo allí,  hasta que pasó por allí un pobre hombre,  que se lastimo de él. Lo recogió y se lo llevó a su casa, donde le preparo un vino caliente con azúcar y lo cubrió con una manta. Allí estuvo un par de horas hasta que reaccionó y entró en calor, dándole las gracias se despidió del  benefactor y se dirigió a su covacha.  
Como todos los días se sentó delante de las cuartillas blancas, donde estuvo un buen rato sin logar escribir un párrafo. Al día siguiente vio asombrado que dos de las cuartillas estaban llenas de una bonita caligrafía con una historia muy interesante.  Él no recordaba nada de  lo escrito, además la caligrafía estaba seguro que no era suya. Al día siguiente le pasó lo mismo y así  durante un mes. Intrigadísimo por el fenómeno tan raro que le estaba pasando decidió estar toda la noche en vela y esa noche  las cuartillas estaban vacías. Pensó que tal vez era sonámbulo, mas no estaba muy  seguro del misterio.
La obra que  sin saber cómo se estaba escribiendo  era genial, una verdadera  obra maestra. Todos los días la leía y releía con gran entusiasmo por ver sí,  se acordaba de algo, pero había llegado a la conclusión,  que tal vez él no fuese el autor.  Cuando solo quedaba un capitulo,  para acabarse en la última frase de la novela se despertó. Vio  a un hada azul diminuta que usando su pluma escribía sin inquietarse. La sensación fue tan maravillosa al ver a aquel ser diminuto y tan bello,  que sin querer se durmió  profundamente. Al cabo de una semana los vecinos al no  saber nada de Marcos inquietos abrieron su habitáculo y lo encontraron muerto  reposando encima de la mesa, junto con gran número de páginas escritas, atadas con una cinta de raso.  Como no sabían leer ninguno no le dieron importancia al  manuscrito.  Al día siguiente del entierro el dueño hizo una almoneda con las escasas pertenencias de Marcos, con el fin de recuperar parte del dinero debido por el finado.
Pasó por allí un  noble que le llamó la atención aquel manuscrito y se lo compró por un maravedí. Al llegar a casa lo leyó  y quedó prendado de la novela, se durmió pensando en que al día siguiente lo daría a conocer. Por la mañana apareció muerto en su cama a causa de un infarto. Pasaron sesenta años en los que el manuscrito siguió guardado en la polvorienta biblioteca del difunto noble, cuando un nieto de éste  tiro la vieja casa heredada, para hacerse otra más moderna. Viendo que la biblioteca de su abuelo era una pieza muy valorada por otros,  no por él,  aceptó la oferta de un anticuario de Londres, que se la llevó integra.
Haciendo inventario de las piezas adquiridas descubrió el polvoriento manuscrito, que una vez leído le maravillo. Se puso en contacto con un editor de la ciudad y fue publicado bajo seudónimo adquiriendo gran fama en poco tiempo.
Hoy en día es una de las obras más valoradas de la literatura clásica.                 

sábado, 31 de diciembre de 2011

UNA NAVIDAD DIFERENTE



 (Se  abre el telón y esta la familia desayunando)
Anita: -Mami tengo que ir a la pelú a cortarme las puntas
Madre: -Si mi niña, como tu digas
Anita: -Papi estas Navidades quiero ir a Bali que Andreita mi amiga, fue el año pasado
Ramón: - ¿Por qué este año no cenamos en casa?, ¿ponemos el árbol, el nacimiento?  Además podemos cenar con el tío Paco  y su familia, van mas de diez años que no les invitamos.
Madre: - ¡Ramón! No digas tonterías, tus hermanos son aburridos y no tienen clase.
Ramón: - Bueno nosotros hemos tenido mucha suerte, pero tú  sabes que yo vengo de una familia pobre.
Madre: - No me lo recuerdes,  yo soy una Sáez de Altamira y Castro-Rodríguez, y si no hubiera sido por la recomendación de papa no me hubiera casado contigo.
Ramón: - Ya ya, por mi dinero y que tu padre estaba arruinado.
Anita: -¡Ay! ¡ay! que me desmayo pobres que vulgaridad.
Madre:-Ves que disgusto le has dado a la niña, vamos a Bali y no se hable más.
(Suena el timbre de la  puerta)
Madre: - ¡Sebastián!, ¡Sebastián! Abre la puerta.
Sebastián: - Señora es un niño pobre pidiendo.
Madre: - ¡Hay que asco! Con lo mal que huelen, que se marche ¡ya!
Anita: -  Mami no lo puedo aguantar  ¡que olor!  ¡Qué mal viste! este año ya no se lleva lo roto ¡OOHH!
Ramón: - Sebastián dale esto por favor.
Ramón: (esta familia necesita un escarmiento).
Al día siguiente.
Anita:-¿Papi ya compraste el viaje a Bali?  también tengo que comprar ropa.
Ramón:-Lo siento pero tengo que daros una noticia, no tengo dinero, ni nada.  He perdido todo.
Madre:-No digas bobadas  Ramón.
Ramón:-No tengo nada y hoy vienen a echarnos de casa.
Un mes después, el 24 de diciembre, en la cola de un comedor social.
Anita:-Mira mama esa señora embarazada,  debe de encontrarse mal.
Madre: - Sí, hija  estará  de parto.
Anita: - Mama porque no le acerco  aquella silla,  para que se siente y tu la animas un poco.
Ramón: (si no lo veo no lo creo que bien nos ha venido esta lección)
Madre: - ¿cómo te llamas?  ¿Te encuentras mal?
María: - Me llamó  María y creo que estoy de parto.
Madre: - Mira Ramón, esta de parto ¿como la podríamos ayudar? Si no tenemos nada; que egoísta he sido
Ramón: - Tengo que deciros una cosa, sí,  podemos ayudarla, porque todo h a sido una lección, que os quería dar. Quería que entendierais que  el mundo es algo más que dinero, orgullo, y soberbia.
Todos juntos cenaron en el hospital con María y su precioso bebe.

viernes, 21 de octubre de 2011

Nesia la Astur


Nesia la astur
Primer capitulo: Año del señor de 380
Nesia pertenecía  a la tribu de los Fulgueros, los encargados de cuidar del monte donde habita el dios de los Truenos, el todo poderoso Fulguero.
Ella nació esclava en la ciudad de Asturica  Augusta Emérita, pero estaba  a punto de recobrar  su  libertad y regresar cerca de la tierra de sus antepasados.  Al día siguiente contraería matrimonio con el soldado Marco Maíllo, que  tras veinte años de servicio ha pasado a la vida civil. Como  premio  por todos estos años le han dado unas tierras,  muy cerca de las tierras de  los antepasados  de la que pronto será su esposa. También se ha convertido al catolicismo la nueva religión, que cada día tiene más fuerza en el Imperio Romano. Nesia como se dijo era  esclava pertenecía   a la familia de Tito Publio Casio, un rico comerciante, que vive en la ciudad, al que sirve  desde  hace unos diez años.  La  compró  a Pompeyo el Procurador Metallorum, cuando se deshizo de todos sus vienes al regresar a Roma, al no ser rentables las extracciones de oro, de las hasta hace poco  ricas minas de las Medulas, las Miedolas en Omaña y demás extracciones  de  tamaño más pequeño, pero no por eso  menos ricas en el preciado metal. Precisamente de uno de  estos  últimos  lugares  mágicos,  en Omaña,  desciende   Nesia.
Sus quehaceres diarios al servicio de  su  amo son: el cuidado de la domus  y en especial de la  señora Oliva,  a la cual le ha tomado mucho cariño en los años que lleva  con ella, ayudándole  a cuidar de sus hijos, unos jovencitos que  ya colaboran con su padre en los negocios familiares.
La señora Oliva es una cristiana que acude  a los oficios religiosos todos los días,  a los que se hace acompañar por la joven esclava, lo que le valió  el conocer a Marco, que se enamoro de  ella  y le  hizo soñar con las tierras de sus antepasados.
 Marco estuvo formando parte de  la centuria, que se encargaba de la vigilancia y transporte del oro sacado en Omaña, para su traslado hasta Asturica, donde al unirlo con el de las Medulas, viajaba todo junto hasta Roma. Estos últimos años que la producción de oro era escasa había estado luchando en la Galia defendiendo a Roma  de los invasores Germánicos. Hace más de un año que recibió la licenciatura y al no tener a  donde ir recordó las tierras de Omaña y junto con su hermano hizo gestiones para que le cedieran una parte  de esas tierras que tanto le habían enamorado. Pensaron en labrar el campo y sembrar centeno,  nabos, lino, garbanzos, criar ganado lanar y vacuno. Su hermano se llamaba Constantino, aún le quedaba un año para licenciarse, pero acordaron que  Marco se adelantase y fuera preparando todo lo necesario. Él en cuanto obtuviese la licenciatura se uniría  a ellos, mejor dicho a él, pues lo de Nesia había surgido sin pensar.  

viernes, 12 de agosto de 2011

9º Fragmento de La vida de Juanin

Yo callé la boca pero ya andaba con la mosca detrás de la oreja, pues me había dado cuenta del parecido y encima siendo yo de tan cerca, mas callé y no dije nada, pero intenté ayudarle, incluso le tomé cariño como si fuera mi hermano pequeño, pues solo tenía dos años menos que yo.
Nos dieron el alta a los dos en días próximos, a él le mandaron presentarse en Madrid. En cuanto a mí como no tenía donde ir y le había tomado cariño le seguí con el mismo destino.
Íbamos los dos andando camino de de la estación, que estaba un poco alejada de la población en una zona de una explanada, donde había algunos arboles y un camión medio desvencijado, él iba delante de mí y un francotirador le apuntó en toda la cabeza, se la voló en el primer disparo, con el impulso cayó para detrás, encima de mí derribándome, lo que me salvó la vida, el tirador creyó que con el segundo disparo me había matado también a mí.
Viendo aquel panorama espere, una hora después sentí el rugido de un camión que salía de la zona de donde nos disparó, seguido por otro camión cargado de soldados, por lo que pensé, que era el tirador, perseguido por un destacamento. Aproveché la oportunidad, arrastré el cadáver hasta detrás del camión, donde no éramos vistos, esperando que la sombra de la noche se apoderase y dificultara la visión.
Tomé una decisión, estaba seguro, que aquel disfraz de moro ya no me servía. Entonces recordé las veces que nos tomaban el pelo en el hospital de que éramos hermanos y el gran parecido que teníamos. Desvestí el cadáver del capitán José, me puse yo sus ropas y a él lo vestí con mi ropa, como el terreno estaba húmedo y blando había estado lloviendo los dos últimos días, ayudado de una pieza del camión logre hacer una pequeña poza donde enterré al que hacía tiempo que pensaba que era mi hermano. Amparado en la noche llegué a la estación siendo el capitán José Cordera con destino a Madrid.
Al llegar a Madrid me presenté en comandancia y nadie se dio cuenta de mi engaño. Volví a reagrupar a los soldados de mi compañía, fui condecorado por las heridas sufridas en combate y nos fuimos al frente.
La ciudad de Madrid estaba a punto de rendirse y entrar las tropas nacionales lo cual se produjo unos días después tomando parte activa en la toma de la ciudad, lo cual me valió el grado de comandante.
Acabada la guerra fui destinado a Barcelona, al poco de llegar conocí a María, era la hija de mi coronel, una chica rubia, de poca estatura pero muy graciosa con un deje andaluz, me agradó nada más verla y ella también se fijó en mí. Le hablo a su padre de lo nuestro, él cual no puso resistencia a nuestro noviazgo.
Un año después sin saber negarme a ello me vi casado con María sin haber olvidado a Zoraida .Al poco de nuestra vida en común, pasado el enamoramiento, yo siguiendo amando a Zoraida, nuestra vida se convirtió en una monotonía y un aburrimiento. Sin olvidarse de que el ardor de María, criada en el seno de una familia de moral nacionalista distaba mucho de Zoraida, criada en un harén.
A los dos años María quedó embarazada y dio a luz una preciosa niña igualita a ella.
Yo me sentía muy contento con la niña. María me apartó de ella. Entre lo tarde que venía del cuartel y que ella decía; que criar a la niña era cosa de ella. Se pasaban los días y no la veía por lo que al cumplir dos años Carmencita casi no quería ni verme. Yo poco a poco me fui alejando de mi familia y refugiándome en el trabajo.
Al cumplir Carmencita tres años, recibí una carta de mi padre, en la que me decía; que se encontraba muy enfermo y temiendo lo peor se quería despedir de mí.