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martes, 13 de marzo de 2012

SOY UNA SUPERWOMAN


Ring, ring, ring, ring............... el reloj despertador marcaba las siete de la mañana. Cristin alargó la mano,  le dio un manotazo,  que hizo que el reloj perdiera el equilibrio y  cayera de la mesilla de noche.
-¡Maldito reloj! Es imposible que sea la hora de levantarse, sí apenas llevó un rato durmiendo.
-¿Cristin no has oído el reloj?
-Sí, éste maldito trasto se ha estropeado.
-No, son las siete de la mañana.
-¡No, puede ser! Aun no he dormido lo bastante.
- Exactamente seis horas como todos los días.
La mujer refunfuñando se levanta  de la cama  medio sonámbula y se dirige  al aseo. Abre el grifo de la ducha, se quita el camisón y sin comprobar que haya llegado el agua caliente se mete en la ducha. Al primer chorro de agua helada se despeja y de un saltó salé de la ducha.
-¡Maldita sea! Otra vez me pasa, sí, es que no me entero.
-¿Qué te pasó? Le dice desde la cama su marido.
-Lo de siempre, que voy tan dormida, que no me entero de que aun no ha llegado el agua caliente.
-Siempre lo mismo, me das unos sustos, que un día me matas de un infarto.
- No serán muy grandes, pues tú no te levantas ni a la de tres.
- No empecemos  Cristin, sabes que  a mí me faltan dos horas para ir a trabajar.
 -Sí, pero podías ayudar más.
-Tú, con tal de que yo no duerma más,  eres feliz.
 Aun no se había acabado de duchar cuando uno de los gemelos, ya berreaba en su cuna.
 Cristin, con la toalla arrollada en su cuerpo, se dirigió a la habitación  donde uno de sus hijos la reclamaba.
-No te asustes mi pequeño, trato de tranquilizarlo mientras le metía el chupete en la boca.
 El bebé  se quedó tranquilo. Ella se vistió y se dirigió a la cocina. Llenó un vaso con leche que puso a calentar en el microondas, abrió un yogur, que comenzó  a comérselo con grandes cucharadas, luego  se tomó la leche con una magdalena. Todo ello sin sentarse mientras calentaba el agua para hacer la papilla de ocho cereales con miel, para sus gemelos.
Una vez hechas las papillas fue a la habitación de sus hijos cogió a uno de  ellos,  lo cargó en un brazo, mientras con  el otro brazo hacía  lo mismo con el otro bebé.
Se fue con ellos a la cocina, los sentó en sendas sillitas, donde les daba la papilla alternando una cucharada  a cada uno. En un determinado momento uno de ellos le escupió la  papilla,  poniéndose la carita y la silla  perdidas. Ella se apresuro a limpiar la carita del bebé  y la silla, para evitar que se ensuciasen más. Pero cuando estaba entretenida con la limpieza el otro niño cogió una cucharada de papilla y  la lanzó con tan buena puntería que fue a parar en la falda de su madre, que se había puesto limpia, para irse a trabajar.
Desesperada por como se desarrollaban los acontecimientos y mirando el reloj de soslayo y viendo la hora que era, se puso súper atacada de los nervios, lo que supuso, que los hijos al verla tan nerviosa comenzaran a llorar al unísono.
Una vez calmados y todo en orden se fue con los gemelos a la habitación, para vestirlos y ella se cambió de falda. Al dejar ésta en el cubo de la ropa sucia, lo vio que estaba  lleno. Decidió poner una lavadora, así, cuando viniese,  la tendría lavada y sólo la colgaría.
Una vez acabadas todas estas acciones miró el reloj las 7,45 h, sólo le restaban un cuarto de hora para coger el metro.
 Colocó a sus gemelos en la silla, se peino ella y se maquillo. Al versé en el espejo descubrió unas enormes ojeras, que no tenían solución. Sacó el rímel, el lápiz de ojos y con unos toques de maquillaje tapó todo lo que pudo los desperfectos o mejor dicho las escasas horas de sueño.
Al llegar al metro, justó cuando ella llegaba al andén, se cerraron las puertas del maldito convoy. Desesperada se quedó mirando el panel informativo, aun quedaban  diez minutos para el siguiente tren.
 Atacada  sacó un cigarrillo, casi nunca fumaba, y más desde que quedó embarazada, mas ahora lo necesitaba. Poco a poco la nicotina calmó sus nervios. Acabó el cigarrillo justo  cuando asomaba el tren  en el andén. Subió  a él con la sillita de sus hijitos. Buscó un lugar donde sentarse y poder acomodar la sillita de los niños. Allí le esperaba una hora de recorrido.
 A las nueve y diez el tren la dejó en su destino. Salió corriendo con dirección a la guardería de sus pequeños, donde los dejó. Se sintió mal al dejarlos allí solos, hasta las seis y medía ¿para eso había tenido a sus hijos?  No verlos   le causaba ansiedad. Con un nudo en el estomago se dirigió a su trabajo.
Ya pasaban dos minutos de las nueve y medía la hora en la que ella tenía que entrar.  Lo primero que vio fue a su jefe, con una burlona sonrisa.
-¡Qué hoy también los niños!
Ella no dijo  nada sabía que era mejor callar  y aguantar el chaparrón. El jefe estaba esperando una mala contestación o algún motivo, para largarla de su trabajo. Y ella sabía que  con la hipoteca y los gastos de los gemelos, el sueldo de su marido no llegaban a fin de mes.
 Aún tuvo que aguantar la mirada  de lascivia de su  jefe, mirándole el culo. Ella nunca  había mirado para atrás, pero sabía que él la seguía, hasta ocupar su silla en el despacho.
 Se sentó ante una torre de papeles, que mientras más archivaba más quedaban, así todos los días.
A la hora de la comida tenía una hora, para comer. Solía  juntarse con los compañeros e ir a comer en un bar, el menú. Mas últimamente ella solía llevar un tapé, con algo de ensalada y un bocadillo, que comía en un parque cercano, junto con otra en su misma situación. Eso, sí en época de verano, por los inviernos no le quedaba  más remedio,  que ir  con los demás compañeros al bar a comer el menú por diez euros.
 Una hora después, otra vez a seguir con ese mar de papeles, hasta las seis y media. A medía tarde, para que el  trabajo no  se hiciese tan pesado tomaban  un café, que alguno de los compañeros preparaba, en una cafetera eléctrica, que tenían  en la oficina. Eso sí, sin perder un minuto en tomárselo, que  enseguida salía el jefe con cara de malas pulgas.
 Cristin sorbió el café y sintió en su interior un gran placer, que la relajó y calmó.
Acto seguido vio  como su cuerpo se trasformaba, y una fuerza, que emanaba de su interior le daba unos poderes y unas habilidades, que nunca había sentido.
En un plis plas acabó aquella enorme torre de papeles, que tapizaba su mesa, además ayudó  a sus compañeros, cuando todo estaba acabado descubrieron que eran las seis y medía, la hora de salir.
Salió a la calle y descubrió que podía volar. Alargó una mano vio como se elevaba por los aires superando la altura de los edificios. Puso  rumbo a la guardería de sus hijos, una vez los recogió alzó el vuelo con un bebé debajo de cada brazo. Voló en dirección a su casa donde llegó en un segundo. Dio de merendar a sus hijos, esta vez tranquilamente jugando con ellos,  llevaba una hora de adelanto sobre el horario habitual. Dejó a los niños un ratito jugando en su habitación y ella aprovecho para colgar la ropa que había dejado lavando antes de irse. Descubrió que a la vez que pasaba la mano por las prendas estas secaban y quedaban libres de arrugas, por lo que acabó guardando la ropa en los armarios, miró el reloj y no había tardado más que dos minutos en esta ocupación. Preparo la cena en otro  segundo.  Al mirar para los azulejos de la cocina vio como de sus ojos se disparaban unos chorros de agua hirviendo,  que enfocados con destreza sobre los azulejos, éstos  quedaban limpios en un par de segundos.  Ya tenía la cocina limpia, siguió por toda la casa con aquella especie de vaporeta  incorporada y en un par de segundos tenía la casa como nueva.
 Miró el reloj  apenas habían pasado  unos diez minutos y pensó ya tengo  todo preparado y es prontísimo les voy a dar un paseo a los niños en el parque.
Se fue con los gemelos, jugo con ellos, se ensuciaron con la arena  y descubrió que nada más sacarlos del foso de la arena con pasarles la mano por encima de ellos, la arena era  atraída y lanzada hacía el infinito, quedado los niños relucientes.
Al llegar a casa, ya había llegado su marido. Bañaron a los niños, les dieron de cenar y los acostaron, luego se dedicaron tiempo a ellos. Cenaron  a la luz de las velas, bailaron, escucharon música y se mimaron.
Al desvestirse para acostarse ella descubrió como sus senos eran turgentes,  parecía que tenía dieciocho años y nunca hubiese dado el pecho a sus bebés. Su marido la observaba a contra luz  desde  la puerta. Se acerco a ella con ternura y la rodeó  la cintura atrayéndola hacía sí la beso y amo como  ya hacía  mucho tiempo.
 Al acabar descubrió,  que eso de ser una superhéroe, tenía muchas ventajas, no estaba cansada.
¡Qué suerte había tenido!
-¡Cristin! Pero habrase visto otra más grande, te voy  a despedir.
-¡Qué! ¡Qué pasa! dijo Cristin sobresaltada.
-¡Aún lo pregunta!  aquí no se viene a dormir. 

1 comentario:

Esther dijo...

no sé porqué no me deja comentar, segundo intento. Me ha encantado y me ha apenado queu cosas como esta no puedan ser ciertas. Esto solo lo puede escribir una mujer, madre y trabajadora. Una superwoman. Gracias Marga