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domingo, 1 de mayo de 2011

4º fragmento de "La vida de Juanin"

Para no ser descubierto y no llamar la atención me disfracé de moro.
Saliendo de Casablanca en dirección a Rabat, no tarde en encontrarme con una caravana de mercaderes. Vendedores de alfombras, que recorriendo todo Marruecos iban comprando alfombras, a pequeños artesanos y llevándolas hasta Fez, para venderlas en un pequeño negocio familiar, que tenían en el zoco.
Como no tenía ni idea del idioma, aunque chapurreaba un poco de francés, ellos solían usar entre ellos el árabe, me hice pasar por mudo; para no ponerme en peligro viendo que no era de ellos, mas con mi buena disposición para el trabajo enseguida confiaron en mí y les serví de gran ayuda en el porte de las alfombras, tomé confianza con los camellos, yo que toda la vida estuve rodeado de animales enseguida me hice con esos tozudos animales.
Al cabo de unos días de caminar llegamos a Rabat, aunque no entramos en la ciudad, establecimos un campamento a los pies de la ciudad, mientras los dos hermanos Ibrahim y Mohamed Al Salan entraron a comerciar con unos clientes a los que compraron más alfombras y también equipamiento para la gran travesía que nos esperaba camino de Fez.
Al cabo de unas semanas de caminar, llegamos a Fez todos cubiertos de polvo, nos dirigimos a la casa que mis nuevos señores tenían a las afueras de la ciudad, una hermosa casa muy decorada con gran filigrana árabe, y los salones cubiertos de alfombras dando una sensación de confort.
Lo primero que nos hicieron fue pasar a una sala, donde había unos baños donde nos quitaron la ropa, nos bañaron y nos dieron ropa limpia.
Después nos juntaron a todos para la cena; éramos unos treinta criados, entre los encargados del ganado, los criados de la casa y los que se encargaban del negocio de la tienda.
A mi como no podía hablar pensaron que era mejor dejarme a trabajar en la casa. Pasé un par de meses cuidando los jardines donde había una gran variedad de flores agrupadas en setos y parterres que yo mimaba con sumo cuidado.
A las mujeres no las podíamos ver, estaban siempre en un edificio aparte en el que los criados no teníamos acceso. Sólo los hermanos Ibrahim y Mohamed podían acercarse a él como esposos y padres.
Un día, que me levanté al amanecer, pues estaba muy preocupado con unos rosales, que tenía con mucho pulgón y no había podido aún cortar la plaga, obsesionado como estaba por si mi suerte a raíz de ese problema podía empeorar, como me encontraba a gusto no pude dormir. Me encontraba absorto aplicando un insecticida, a base de hierbas de ortiga cocidas y fermentadas. Distraído como estaba no me había dado cuenta de que estaba junto a mí, la criatura más hermosa que mis ojos habían visto. Nuestras miradas se cruzaron por un segundo, pero mi corazón quedó helado al verla. Me puse colorado y turbado el sentido, solo salí de mi cuando oí el repiqueteo de su sonrisa al marchar de mi lado, saltando y cantando.
Desde aquel día, todos los días me levantaba al alba, para poder verla desde un rincón gozando con su presencia.
Ella, me miraba muy disimuladamente haciendo como si no me viera; mas pasado algún tiempo se acercaba cada vez más, hasta que empezó a hablarme, yo, gozoso como estaba con su presencia, me olvidé de mi mudez le contesté en francés y árabe de lo poco que sabía.
Así, pasaron unos meses, en los que yo aprendí bastante árabe hablando con ella y también le di el corazón.
Un buen día llegó a mi toda llorosa y alterada, me costó comprender lo que me decía. A duras penas le entendí, que habían concertado la boda, de mi querida Zoraida con un cliente de Rabat al que debían dinero mis amos, de una partida de alfombras que no se habían vendido bien. El muy ladino pedía la mano de Zoraida a la cual había visto una vez de niña, pudiendo comprobar su belleza. Lo peor del caso es que encima tenía cincuenta años y mi pobre Zoraida solo dieciséis.
Mi corazón se heló al escuchar la historia, muerto de celos, fuera de mí abracé a mi pobre Zoraida para consolarla. Ella se refugió en mis brazos. Me confesó que estaba enamorada de mí, que la salvase, que ella no podía vivir con un hombre que no fuera yo.
Pasé ocho días dando vueltas a lo que me había dicho Zoraida, estudiando las posibilidades, pues el decir a mi amo que me quería casar con su hija no podía ni contemplarlo, pues lo más fácil era que me cortase una mano, me echara de allí y encima la situación de Zoraida empeoraría.
Yo le dije a Zoraida que teníamos que huir, mas tenía miedo de ser encontrados por su padre y mi manejo en el árabe no era bueno, lo que dificultaba las cosas.
Al día siguiente, cuando nos vimos me dijo: que había hablado con su madre. Que esta no quería verla tan triste y desesperada. Sabiendo de nuestro amor y no gustándole nada el futuro marido de su hija le aseguro, que nos ayudaría en la partida, valiéndose de unos mercaderes del zoco, que partían para Nador.

2 comentarios:

Irene Comendador dijo...

Vaya sorpresasa que se lleva una andando por los blogs.
Bueno, antes de nada me presento, me llamo Irene Comendador y por casualidad cai en tu blog, y me he puesto a leer, hasta aqui he llegado, porque ya son las 3.30 de la madrugada y tengo que madrugar mucho, pero decirte que me esta encantando la historia, este hombre me ha arrancado muchas sonrisas y alguna que otra carcajada, como cuando ha dicho que se hacia pasar por mudo porque creia que hablaban arabe, jejee o eso de que se hacia amigo de los camellos, muy bueno. Ademas no me esperaba para nada esta historia de amor que se desata. Y se nota que te gustan las plantas, que fluidez en explicaciones para con este jardinero nocturno, maravilloso, me gusta mucho tu forma narrativa, pasaré si no te importa más veces por aqui, para degustar tus letras, un saludo de martes y desearte que pases una agradable semana

debesa dijo...

Veo que te gusto lo que leíste en mi blog, lo cual me lleno de alegría, tu también tienes cosas interesantes, me pasare un día con más tiempo. Sí, quieres seguir la historia de mi novela " La vida de Juanin" la tengo publicada en librovirtual.com, solo tienes que poner el titulo y si quieres mi nombre María Margarita Carro Gonzalez, espero te siga gustando