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viernes, 17 de junio de 2011

5º fragmento de "La vida de Juanin"

Un buen día llegó a mi toda llorosa y alterada, me costó comprender lo que me decía. A duras penas le entendí, que habían concertado la boda, de mi querida Zoraida con un cliente de Rabat al que debían dinero mis amos, de una partida de alfombras que no se habían vendido bien. El muy ladino pedía la mano de Zoraida a la cual había visto una vez de niña, pudiendo comprobar su belleza. Lo peor del caso es que encima tenía cincuenta años y mi pobre Zoraida solo dieciséis.
Mi corazón se heló al escuchar la historia, muerto de celos, fuera de mí abracé a mi pobre Zoraida para consolarla. Ella se refugió en mis brazos. Me confesó que estaba enamorada de mí, que la salvase, que ella no podía vivir con un hombre que no fuera yo.
Pasé ocho días dando vueltas a lo que me había dicho Zoraida, estudiando las posibilidades, pues el decir a mi amo que me quería casar con su hija no podía ni contemplarlo, pues lo más fácil era que me cortase una mano, me echara de allí y encima la situación de Zoraida empeoraría.
Yo le dije a Zoraida que teníamos que huir, mas tenía miedo de ser encontrados por su padre y mi manejo en el árabe no era bueno, lo que dificultaba las cosas.
Al día siguiente, cuando nos vimos me dijo: que había hablado con su madre. Que esta no quería verla tan triste y desesperada. Sabiendo de nuestro amor y no gustándole nada el futuro marido de su hija le aseguro, que nos ayudaría en la partida, valiéndose de unos mercaderes del zoco, que partían para Nador.
Dos días después partimos en dirección a Nador, con la caravana de unos comerciantes en té. Salimos de casa de los hermanos Al Salam en dos sacos envueltos en té, cargados en unos carros. Estuvimos todo el día en esos sacos. Al llegar la noche, nos sacó de los sacos un criado de confianza de la madre de Zoraida y nos dio ropas de mujer a los dos, cubiertos con un chador, solo se nos veían los ojos. El criado nos hizo pasar por sus dos esposas caminábamos cerca de la caravana pero sin mezclarnos con ellos para no levantar sospechas hasta que llegamos a Nador.
Entre las joyas de la marquesa, el dinero, y lo que Zoraida pudo coger en su casa. Alquilamos una casa, donde vivíamos y pusimos un negocio de curtido de pieles, con ayuda del fiel criado, viendo poco a poco ligeros beneficios.
La vida con Zoraida era un remanso de felicidad, que pronto dio sus frutos pues Zoraida me iba a hacer padre, a mí, a Mohamed, que así me llamaba ahora.
El día antes del parto de Zoraida, ella estuvo muy intranquila soñando que un gran dragón la comía a ella y al niño. Yo traté de consolarla, pero estaba aterrado, pues sabía que a mí la dicha no me duraba mucho.
Por la noche Zoraida ya estaba más tranquila pero empezaron los dolores del parto. Llamamos a una partera que se ocupaba de los nacimientos de la ciudad.
Se encerró con ella toda la noche y parte del día siguiente, yo estaba fuera de mí, ya no me podían calmar, entré en la habitación viendo a Zoraida desmadejada, con ese enorme vientre. Enseguida supe que algo no iba bien, la pobre mujer asustada me juró que no podía hacer nada, que no dilataba y el niño no podía salir, que si quería al niño se lo podía sacar del vientre de mi mujer, mas yo no quise, pues no podía ver que se le hiciera daño a mi pobre Zoraida, además el niño seguro que ya estaba muerto, había visto algún caso en mi época de pastor, la cría se moría rodeada del cordón umbilical. Me arrodillé al lado de mi Zoraida hasta que su cuerpo dejo de latir, con ella se fue mi corazón, mi alma, mi vida.
Al enterrar a Zoraida, no quise volver al lugar que había compartido con ella. Le dejé todo a mi buen criado, él que nos había ayudado tanto y huí. Esta vez huía de mi mismo, de mi dolor, no quería vivir, anduve sin rumbo y cuando quise acordar estaba en Melilla.
Un grupo de moros me dijeron, que se podía uno apuntar a la legión, que se cobraba un sueldo y te daban de comer una vez al día. No supe cómo, pero cuando tuve noción, estaba en la legión con un fusil haciendo instrucción, como no hablaba con nadie por el dolor que tenía, me empezaron a llamar el mudo Mohamed, por lo que dejé que pensaran eso de mí, no quería más que me dejaran en paz. Así, llegó el 5 de agosto de 1936 y estaba en un avión camino de España cruzando el estrecho, como la guardia mora de Franco. Hacía una guerra que no quería, no entendía, ni sabía porqué, solo sabía que quería morir pues vivir sin Zoraida no sabía.

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